Hakuna ya late en Guadalajara. Lo que comenzó en otras ciudades como un soplo fresco de fe joven, ha encontrado aquí un terreno fértil donde crecer.
En estos encuentros, se respira algo difícil de explicar: música que no es solo música, silencio que no incomoda y rostros de todas las edades que buscan —y encuentran— algo más. No hay grandes alardes, pero sí una autenticidad que engancha. Entre guitarras, oración y vida compartida, Hakuna empieza a tejer comunidad.
Y todo ello, con un único fin: vivir la fe en comunidad, abrazándolo todo, con el deseo profundo de vivir en Cristo.
Guadalajara se suma así a una corriente que no deja indiferente: una Iglesia viva, joven y en salida, que habla el lenguaje de hoy sin perder su esencia. Y esto, más que una novedad, es ya una realidad.















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